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Guía de Música

Yo, Satán

Si entre 12 apóstoles había corrupción, en el seno de 1.000 millones de creyentes... echen cuentas y que nadie se lleve las manos a la cabeza.

Aunque si me permiten la aclaración, nos da igual porque ni mentimos ni levantamos falso testimonio. Tampoco el escritor Antonio Álamo y la versión que de su Nata Soy hace para K. Producciones. Los embustes del catolicismo, mejor dicho, de los que dirigen su Iglesia y la forma de mover los hilos de sus marionetas ilustran este divertido y sesudo compendio de costumbres y hábitos que debe levantar ampollas. ¿Qué sentido tendría sino el teatro ideológico?

Construido a partir de los patrones de lo que podría considerarse thriller teológico, Yo, Satán se convierte en una punzante crítica en manos de los que comparten ideales con los impulsores y gestores de K. Producciones, de donde han salido sugerentes montajes como Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini y En tierra de nadie, la traslación teatral del acercamiento que el cineasta Danis Tanovic hizo a la cruenta guerra en los Balcanes.

Cristina Elso y el actor Adolfo Fernández, en su rol de productor, han conseguido imprimir un sello característico a cada uno de sus hijos, naturales o adoptivos pero siempre propios y, en ocasiones, con paternidad compartida, como este. Nadie duda del calado de su carga social y esta visión sui generis acerca del poder eclesiástico, aunque compartida por muchos, cumple a posteriori las previsiones de compromiso: ejercicio acerca de la corrupción política y sus intrigas en una de las grandes multinacionales, desarrollado en un ambiente abigarrado que se oxigena con bocanadas de aire fresco en forma de píldoras sarcásticas. Ahí es nada.

Así es como deben exponerse las reflexiones ajenas, dejando un poso que en el espectador puede diluirse o acabar en sustrato de nuevas y mejoradas ideas. Acostumbrados estábamos al trabajo de dirección de Roberto Cerdá, una de las miradas más interesantes en la escena contemporánea, aunque Álvaro Lavín no se aleja del concepto, una esencia teatral característica que él alimenta con su labor anterior como pilar ineludible de Teatro Meridional y su responsabilidad al frente de piezas como Cloun Dei y Negra, de Julio Salvatierra. Destaca quizás su buen entendimiento con los autores, elemento clave en el resultado sobre las tablas, implementado aquí gracias a la desnuda escenografía de Elisa Sanz y el diseño de vestuario de Pepe Uría.

El argumento gira en torno al comportamiento del Santo Padre, poseído por Belcebú o salido del tiesto según ciertos burócratas, que en el Vaticano, como en todo estado soberano, los hay y muchos. El pelo en la sopa, un fraile español (Alfonso Lara) en lo más bajo de la pirámide de poder y sin valor para la Curia romana, tiene apariencia de peón de tercera en la farsa general, pero se convertirá en una molestia que alternará el curso de los hechos.

Desplegado el abanico de intérpretes comprobamos que hay de todo, personajes mejor perfilados y otros merecedores de todos los elogios, como el Papa que nos regala Pako Sagarzazu. Él si lo es pero... ¿seria usted un buen enlace con Dios?, ¿se mantendría en la cumbre si cuestionase ciertos dogmas de fe apostólicos? Ay, amigo espectador, con la Iglesia hemos topado, aunque puestos a ser excomulgados, salgamos por la puerta grande de San Pedro.

Texto Daniel Galindo Frías