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Salvador
Enríquez | TeatroMundial.com, Madrid
Teatro en Madrid
Tras su éxito en el Festival Madrid Sur, en
la periferia de Madrid, llega a la capital un texto del autor
español contemporáneo Antonio Álamo: Yo, Satán. Hasta el 8 de enero
estará en cartel del Teatro Bellas Artes (Marqués de Casa Riera,
2) esta obra que habla “no de Dios –nos dijo el autor- sino de
los hombres que hablan de Dios”.

El panorama que el exorcista español fray
Gaspar Olivares se encuentra a su llegada al Vaticano no puede
ser más inquietante, y el trabajo que se le tiene reservado le
causa no pocos escrúpulos. En todo caso, se ve obligado a admitir
que el comportamiento del Santo Padre, que ha terminado
provocando la alarma generalizada, deja mucho que desear. Recelos
e intrigas se han adueñado del Vaticano, y parece peligrar la
misma pervivencia de la Iglesia. Es una versión teatral de
la novela “Nata soy”, también de Antonio Álamo, en la que el
autor se vale tanto de una intriga envolvente, teñida de humor,
como de una galería de turbios personajes (cardenales,
exorcistas, burócratas y hasta el mismo Papa) para ofrecernos un
irónico acercamiento al Vaticano actual y a la organización que
da cobijo a no menos de mil millones de almas.
El reparto está formado por Adolfo
Fernández, Alfonso Lara, Pako Sagarzazu, Juan Fernández, Ramón
Ibarra, Ales Furundarena e Idelfonso Tamayo, dirigidos por Álvaro
Lavín. La escenografía sencilla y muy bien conseguida: una amplia
mesa central sobre una escalera que eleva el plano de la acción.
El paso por las diferentes estancias se consigue mediante la
proyección de unas ventanas, vistas desde el interior, que
hábilmente sitúa al espectador en diferentes lugares dentro del
palacio Vaticano. En lugar de cambiar la escena se cambia el exterior lo que nos pareció muy
acertado ya que dinamiza la acción.
El conjunto de actores hace una verdadera
delicia de función: sabiendo colocar en cada momento el tono y el
gesto; precisos, sin excesos, en las escenas que arrancan las
sonrisas; se percibe que mientras interpretan están disfrutando y
eso contagia al público. La humildad de fray Gaspar
(Alfonso Lara) corre paralela a la sencillez del Santo Padre (Pako
Sagarzazu) en algunas escenas que son más que plausibles.

Cualquier espectador espera un Papa
suntuoso, hierático, pero Antonio Álamo nos muestra a un hombre
sencillo, con apariencia de campesino, inocente pero a un tiempo
pícaro. Una picardía que, sin duda, es la que provoca el
conflicto pues una mañana se levanta pensando que todo el boato y
la riqueza vaticana están en contra de lo que propuso Cristo y
que lo más conveniente es vender la Capilla Sixtina
a los japoneses. Tal sugerencia pone nerviosos a los cardenales y
éstos deciden que el Papa está poseído por el diablo. Por ello
acuerdan llevar a Roma a un exorcista, pero éste al llegar se ve
envuelto en las intrigas palaciegas.
Los personajes muestran un variado y
pintoresco –me atrevo a decir– muestrario de ciertas debilidades
humanas: el servil, el orgulloso, el homosexual y acosador (lo
que es peor), el experto en finanzas y corrupciones económicas…y
hasta la humildad del frailecillo Gaspar, dominico, de la Orden de
Predicadores, que llega desde una lejana diócesis: Cáceres, en
Extremadura (España), para exorcizar al Santo Padre.
Uno, desde la butaca y desde el propio
agnosticismo, se pregunta quién comete mayor pecado y quién
puede, en todo caso, estar poseído por el diablo, si el Papa que
desea liberar a la
Iglesia de una riquezas contrarias a la pobreza
de su fundador, o los cardenales que luchan por mantenerlas, aún
a costa de acusar de endiablado a su superior, en este caso el
Santo Padre.
Toda una reflexión que, adobada con algunas
gotas de humor, no deja indiferente al espectador.
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