REFLEXIONES DESPUÉS DE UN ESTRENO
Antonio Álamo
Mi grado de implicación en los estrenos de mis obras es muy variable: nula cuando se produce en el extranjero; distante cuando se trata de una reposición y absolutamente atento y entregado –tan entregado como las circunstancias lo permiten-- cuando la obra es reciente o inédita. Y ese hubiera sido el caso de “Cantando bajo las balas” sino llega a ser porque Adolfo Fernández, durante todo el proceso de ensayos, se mostró reticente a cualquier mirada fuera de las indispensables: la de Álvaro Lavín, su director; la de Roberto Cerdá, su diseñador de luces y, por último, la de su excepcional banda sonora, Mariano Marín. Decidí respetar sus deseos por un sencillo motivo: el actor y su director merecían toda mi confianza; no en vano eran el promotor y el artífice de uno de mis mejores montajes recientes, “Yo, Satán”. Tras asistir al estreno no es ya sólo que respete los deseos del actor sino que los comprendo. Intentaré explicar por qué.
Una de las dificultades de “Cantando bajo las balas” radica en que se trata de un texto premeditadamente narrativo, y aunque he creado ciertas inflexiones dramáticas lo que predomina es un cierto relato de carácter subjetivo: Millán Astray sale de la tumba para cantarnos y contarnos algunas de sus hazañas bélica, centrándose especialmente en aquella cuyo contrincante fue un viejecito que hacía pajaritas de papel. El episodio es bien conocido, y las palabras que esa mañana del 12 de octubre de 1936 pronunciaron Millán Astray y Miguel de Unamuno han sido recordadas muchas veces. Presenciando este montaje se comprende que no cayeran en el olvido, pues lo que la interpretación de Adolfo propone al patio de butacas no es otra cosa que un viaje en el tiempo. Se masca el terror y la crueldad que se vivió en 1936, y también reconocemos el valor descomunal del viejo escritor.
“Cantando bajo las balas” se hubiera prestado, sin duda, a una aproximación sarcástica del personaje y la época, a convertir todo aquello en un carnaval de despropósitos verbales y efectos humorísticos, y yo agradezco infinitamente que no hayan seguido ese camino. Acaso yo mismo intuía que era casi inevitable que llegáramos a eso, pero lo cierto es que Adolfo y Álvaro ponen en cuestión los verdaderos afectos del personaje y leen más allá del aparente chiste. El resultado es que se nos aparece un hombre cuya vida fue un recorrido enorme con una pesada carga sobre los hombros. O por seguir con el epigrama característico de un samurai: “Mataré al ruiseñor si no canta a su debido tiempo”.
El Millán Astray que nos presentan es un alma herida, un ángel caído, un buscador de honor que buceó en el código samurai para llenarse la boca de palabras atroces, un amante de la muerte y los actos violentos, un personaje incómodo, patito feo y oveja negra y, lo peor, un perdedor nato, sin la astucia que caracterizó a su jefe.
La noche del estreno, cuando se oyeron las primeras palabras con las que Unamuno se enfrentó a la insensatez generalizada, se escucharon unos aplausos aislados. No fue todo el patio de butacas, sino un solo espectador. Y esos aplausos sonaron tan solos como las palabras que Unamuno pronunció en aquella celebración de la masacre, esas palabras que aún nos recuerdan la existencia de los individuos perdidos en la masa. Puedo entender que Adolfo Fernández, para llegar a eso, haya requerido la máxima privacidad posible.
La guerra, tal como se define en los tratados canónicos, no es otra cosa que un acto de violencia para obligar al contrario a hacer nuestra voluntad, y ésta fue la religión de los que se alzaron en 1936. Entre ellos, asombrosamente, no estaba Millán Astray. No; nuestro general estaba envuelto en el fragor de la dialéctica a la que era tan aficionado: en julio de 1936 había sido contratado para dar conferencias y participar en programas de radio en Buenos Aires. Cuando estalló la guerra, se tuvo que regresar a toda prisa, y durante la travesía no es difícil imaginarse la incertidumbre en la que estaba envuelto el general, preguntándose si debía unirse o no a los insurrectos, unos insurrectos que parecían haberle dejado de lado y no necesitar entre sus filas a un mutilado como él. Ésta es una herida –acaso porque es demasiado profunda-- que el personaje no menciona en sus arengas, él que era tan adicto a contar y cantar las heridas.
La obra se estrenó el pasado 23 de febrero en el Teatro Juan Bernabé de Lebrija, y advierto que ni el lugar ni la fecha son casuales. Unas horas después, con la satisfacción del trabajo bien hecho, un miembro del equipo manifestó una preocupación acaso legítima: que pese a la excepcional interpretación de Adolfo Fernández, algunos municipios o comunidades temieran que la función molestara a los responsables políticos y que, por tanto, decidieran no programarla en sus teatros. Juzgo inverosímil que pueda existir identificación alguna con el discurso de Millán Astray, excepto para quienes vivan el concepto de nación como si de un delirium tremens se tratara. ¿Es que no está ya suficientemente claro que, de todos los mitos que hemos soñado, ninguno ha sido tan sangriento como el de la nación? ¿No tenemos ya suficientes ruinas, suficientes muertos? En cualquier caso, se me ocurre que si esos malos augurios se llegaran a cumplir, la obra puede al menos servirnos para señalar un determinado estado de cosas. Les emplazo dentro de un año para hacer balance de la cuestión.
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